El color de nuestras palabras

Hace unos días saliendo de un centro comercial vi a una madre ayudando a su hijo de 10 meses a bajar la escalera de entrada. Queriendo probar su independencia, el bebé se suelta de la mano de su madre y tambaleándose hace el intento de bajar solo; “¡Te vas a caer!” le dice la madre, y el bebé como era de esperarse, al intentarlo se cae y comienza a llorar, “Te lo dije” le dice la madre mientras lo coge en brazos para consolarlo.

Y mientras el bebé lloraba me pregunté ¿qué hubiese pasado si en la misma situación la madre se hubiese acercado un poco más diciéndole “aquí esta mi mano por si quieres que te ayude”, y esperara a que el bebé hubiese intentado bajar? ¿Habría podido el niño bajar solo sin problemas, o se habría caído igualmente?

Lo cierto es, que podría haber ocurrido cualquiera de las dos opciones porque son situaciones que aún siendo cuidadosos se escapan de nuestro control. Lo que sí podemos controlar o crear es el “color” que tendrá esa experiencia en nuestros hijos, es la forma en la que ellos la recordarán en el futuro pues una misma experiencia puede ser recordada positiva o negativamente dependiendo de cómo ellos la han vivido.

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Una buena autoimagen se forma no sólo de grandes experiencias de superación de obstáculos o dificultades, sino también en el día a día con pequeños detalles y pequeños recordatorios de que aún cuando algo sea difícil, siempre contarán con nuestro total apoyo y ayuda cada vez que la necesiten.

La diferencia entre decir “No, eso no se hace así, ya te ayudo yo” y “¿estás seguro que está bien? ¿quieres que te ayude?” mientras hacemos los deberes con nuestros hijos, no está en el resultado que probablemente sería el mismo, sino más bien en el “color” que le damos a la experiencia de hacer los deberes, de darles la oportunidad de decidir si quieren nuestra ayuda o de intentarlo solos una vez más, manteniendo intacta la seguridad en ellos mismos. Cambiando el “color” de nuestras palabras podemos de cierta manera enriquecer nuestra vida en familia, creando espacios positivos y abiertos a experimentar.

¿Cómo cambiamos el “color” de nuestras experiencias? Es tan sencillo como ser positivos al hablar, intentando dar más de una opción en pequeñas cosas para que nuestros hijos se arriesguen a decidir y permaneciendo cerca de ellos por si necesitasen de nosotros; pues es en las experiencias cotidianas en familia donde los niños aprenden a ser ellos mismos.